Costal roto

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Un cristal roto en mi habitación y un llanto de alegría.
Aquella noche después de cinco años te miré. Tu mirada era distante y opaca como siempre. Te sonrió fugazmente, tu sólo decides dar la media vuelta y  dirigirte a la habitación de mi madre donde su cuerpo está sin vida.
Nunca te vi llorar, nunca te vi sonreír ni regalar una palabra de aliento a tu hija.
La guerra te había enfriado el alma más de lo que ya eras. Pero esa noche yo me llevé una sorpresa inesperada, cerraste la puerta de la habitación y poco a poco comencé a escuchar tu llanto: Llorabas la muerte de mi madre como un chiquillo. Era la primera vez que te escuchaba y comencé a llorar en silencio preguntándome: ¿Acaso hasta que yo muera, mi padre va a llorar por mí? Lo único que deseaba era un abrazo, acababa de perder a mi madre, Lloré y lloré junto a la puerta de la habitación, de pronto sentí una tibia mano en mi cabeza, ahí estabas y en tus ojos yo miré miles de llantos acumulados, los hombres como tú no se permiten llorar ni sentir, estabas acabado con la vida difícil que viviste por muchos años en la casa de tus padres y ahí estabas mirándome con ternura y compasión, entonces ocurrió la magia: Tú me abrazaste y sentí un gran alivio, la bolsa de piedras comenzó a caer de mi espalda y estoy segura de que también tú arrojaste los más lejos que tu mano alcanzó esa bolsa de piedras que habías cargado por años.

 

 

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