La ciudad de la traición (Relato)

 

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La ciudad de la traición (Relato) Modificado por petición.

Los cárteles ya se habían extendido por todo el país con su conflicto estúpido. Miles de cuerpos inocentes y otros no tan inocentes yacían sin vida por las ominosas calzadas del país, exclusivamente las aves carroñeras se daban un gran festín. Mientras tanto mi padre y yo avanzamos progresivamente en un coche abandonado que encontramos a nuestro paso. El país estaba arruinado no quedaba más que desorden, México ya ni existía y los pocos que pudimos sobrevivir a la noche terrorífica de la matanza masiva nos refugiábamos como la fauna lo hace en sus madrigueras tratando de no ser atrapados. Debíamos llegar al sureste del país donde se presumía existía una ciudad hecha de metal lo suficientemente impenetrable y segura, se decía que nadie había sido lo suficiente listo para burlar tal custodia. Y en realidad yo no estaba seguro de lo que decía mi padre sobre la ciudad, pero por otra parte tampoco era un disparate lo que el afirmaba. Años atrás él perteneció a las fuerzas armadas y fue de los pocos hombres dignificantes que quedaban gracias a que no se dejó engatusar por aquellos colegas que sirvieron a la patria y como el cáncer que eran los cárteles reclutaron a todos esos ex militares con una paga de por medio bastante seductora. Mi padre decidió no aceptar en aquel tiempo esa propuesta y juró que moriría en paz hasta que encontrara la ciudad hecha de metal donde él sabía que yo estaría seguro y con un porvenir “sin violencia”. Esa tarde avanzamos por la ciudad de Tijuana las calles estaban inundadas de putrefacción por los cuerpos que exclusivamente las aves carroñeras demandaban. Durante dos días ni tuvimos contratiempo alguno, fue hasta llegar a la estación vieja de trenes en Culiacán cuando mi padre advirtió de que un comando armado nos seguía, pisó el acelerador y me ordenó que sacara una granada de su mochila que colgaba del manubrio enmohecido, repentinamente tiré de la anilla, liberé el mango y el temporizador se activó, la arrojé y finalmente huimos de nuestros enemigos, por fortuna llegamos hasta Guadalajara sin problema, pero el combustible se nos estaba terminando teníamos que apresurarnos y llegar a Guanajuato donde se decía había un grupo pequeño de personas subsistían en un túnel con la venta de gasolina que quedaba de las tuberías o ductos, corríamos el riesgo de ser asesinados y no sabíamos si lo que se decía de este grupo era verdad pero era mejor intentar que quedarse a esperar y ser asesinado.

Eran las diez de la mañana y habíamos llegado a Guanajuato al entrar a la ciudad un escalofrío recorrió mi cuerpo y por lo que percibí mi padre había experimentado la misma sensación, había algunos hombres encapuchados apilando cuerpos en una fosa lista para ser incinerados -supuse- sin saber cuál era la verdadera razón y según mi padre ese grupo abastecía a la ciudad de gasolina obviamente con un pago de por medio: que sus familias permanecieran seguras en la gran ciudad-

No fue hasta unas calles adelante donde un grupo armado nos detuvo, cuestionaban el motivo de nuestro paso por ese lugar y mi padre les explicó que nos dirigíamos al sureste de México agregó ser parte del grupo de ex militares que trabajaban para los cárteles así que opto y sacó un documento falso que lo acreditaba como parte de su grupo y gracias a dios no hubo más argumentos, necesitábamos un poco de combustible para llegar y uno de ellos nos llevó hasta uno de los túneles donde por fortuna nos vendieron el combustible, me di cuenta de que para esos grupos lo único importante consistía en vender la gasolina al mejor postor.

Avanzamos durante horas sin ningún contratiempo, en mi mente estaban las imágenes de mi madre y mi hermana que habían sido asesinadas sin compasión la noche de la matanza masiva y de la cual mi padre y yo pudimos escapar, me aclaró que no era seguro que nos dejaran entrar a la ciudad, permitían la entrada a personas que en el orden viejo contaron con una economía buena, pero tenía a un viejo amigo a cargo de la seguridad de esa ciudad y era el quien nos pasaría de forma desapercibida por una cantidad de dinero que sonaba muy tentadora para quién sea.

Finalmente, después de varias horas llegamos a la ciudad de Yucatán donde supuestamente estaba la ciudad y donde irónicamente vivían las esposas e hijos de los lideres principales de los cárteles que habían llevado a cabo la matanza masiva y la ruina del país. El amigo de mi padre nos recibió y nos aseguró de que podíamos pasar de forma desapercibida por un túnel que se abría sólo a las 6 de la mañana en el que los remolques se presentaban con los víveres que la ciudad necesitaba.

Y así fue a las 6 de la mañana los remolques comenzaron a llegar y entonces el amigo de mi padre habló con uno de los conductores e hizo un trato conveniente y gracias a eso pudimos penetrar en la ciudad donde ya había un orden nuevo, miramos con asombro la ciudad llena de árboles, jardines, manantiales de agua cristalina que incitaban a beberla y todas las comodidades que se necesitan. Pero pese a todo yo nunca iba a olvidar la muerte de mi hermana y mi madre, mi padre no lo sabía, pero mi verdadero plan lo iba a llevar a cabo en esa miserable ciudad donde cobraría venganza con esas familias que vivían sin ningún remordimiento por los crímenes que se cometieron y que seguían cometiendo en el orden viejo, para mí eran culpables y era mi deber derribarlos. D.R.

 

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